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DOS PINCELADAS SOBRE HERVÁS


(S. G. I., Madrid, 13 de octubre de 2011)

EL CAMINO, EL DE DENTRO Y EL DE FUERA, NO TIENE FIN: LO CONSTRUYEN LOS PROPIOS PIES.


Es éste un viaje a paisajes naturales, pero también a mis paisajes interiores: imposible delimitar lo que queda a cada lado de la ventana que es mi cámara. Es éste un viaje iniciático al interior de vosotros mismos que pasa por mirar, también, al exterior.

Abrimos una puerta a los caminos que recorren las montañas de Hervás. También, y muy especialmente, a los caminos que os recorren y que quizá nunca hayáis osado hollar. Nos esperan muchos lugares nuevos. Y cada unos de vosotros descubrirá, por su cuenta, otros paisajes interiores no menos hermosos, una tierra virgen: vuestro pequeño reino privado.

CAPERUCITA ROJA POLÍTICAMENTE CORRECTA

Monasterio de Las Huelgas, Burgos
Monasterio de Las Huelgas, Burgos

James Finn Garner, escritor, periodista y hombre de teatro norteamericano, publicó en 1994 un libro titulado Cuentos infantiles políticamente correctos (Politically correct bedtime stories). En él se rescataban algunos relatos de siempre: Blancanieves, La Cenicienta, Los tres cerditos y, por supuesto, Caperucita Roja, que abre la deliciosa antología. Estos textos fueron escritos originalmente para la compañía teatral Theater of the Bizarre o Teatro de lo Estrafalario, pero luego su autor los reformuló como relatos que se convirtieron en best-seller inmediatamente.

     En su introducción el autor sostenía: "Hoy en día, tenemos la oportunidad –y la obligación– de replantearnos estos cuentos” clásicos” de tal modo que reflejen la ilustración de la época en la que vivimos, y tal ha sido mi propósito al redactar esta humilde obra” […] “Deseo disculparme de antemano y animar al lector a presentar cualquier sugerencia encaminada a rectificar posibles muestras –ya debidas a error u omisión– de actitudes inadvertidamente sexistas, racistas, culturalistas, nacionalistas, regionalistas, intelectualistas, socieconomistas, etnocéntricas, falocéntricas, heteropatriarcales o discriminatorias por cuestiones de edad, aspecto, capacidad física, tamaño, especie u otras no mencionadas, ya que no me cabe duda de que mi intento por desarrollar una literatura significativa y desprovista de cualquier posible arbitrariedad y de la influencia de las imperfecciones del pasado ha de hallarse necesariamente sujeto a errores".

Tras el éxito de la obra, publicaría su secuela en 1996: Más cuentos infantiles políticamente correctos. Un año después, en 1997, se editaría Cuentos navideños políticamente correctos.

No suelo ser partidaria de las versiones: si la obra es perfecta, para qué tocarla; si la historia no merece la pena, mejor escribir ex novo que intentar versionarla. No obstante las reinterpretaciones políticamente correctas de Finn resultan lo suficientemente originales como para ofrecer una aportación de utilidad real en su/nuestro tiempo, y por tanto se pueden considerar adaptaciones ajustadas a las necesidades de un lector contemporáneo. No citar las fuentes es ya de por sí plagiar; pero Finn, consciente de ello y extremadamente escrupuloso, agradece repetidamnte a los hermanos Grimm y a Chrsitian Andersen su "inspiración".

Encontraréis esta obra, ya clásica, en muchas bibliotecas públicas de Madrid y seguramente de toda España. Puede que incluso la escuchéis narrada durante alguna sesión dedicada a la difusión del cuento entre la población madura, los denominados cuentacuentos para adultos, ahora bastante comunes en los centros de lectura y centros culturales de gestión pública. No obstante aquí os la dejo hoy, íntegra, para que reflexionéis detenidamente sobre ella.

Matteo Ponzoni, Judith Holding the Head of Holofernes
Matteo Ponzoni, Judith con la cabeza de Holofernes


Caperucita Roja por James Finn Garner

© James Finn Garner: Cuentos infantiles políticamente correctos. CIRCE Ediciones, S.A. Barcelona. 

Erase una vez una persona de corta edad llamada Caperucita Roja que vivía con su madre en la linde de un bosque. Un día, su madre le pidió que llevase una cesta con fruta fresca y agua mineral a casa de su abuela, pero no porque lo considerara una labor propia de mujeres, atención, sino porque ello representa un acto generoso que contribuía a afianzar la sensación de comunidad. Además, su abuela no estaba enferma; antes bien, gozaba de completa salud física y mental y era perfectamente capaz de cuidar de sí misma como persona adulta y madura que era.
Así, Caperucita Roja cogió su cesta y emprendió el camino a través del bosque. Muchas personas creían que el bosque era un lugar siniestro y peligroso, por lo que jamás se aventuraban en él. Caperucita Roja, por el contrario, poseía la suficiente confianza en su incipiente sexualidad como para evitar verse intimidada por una imaginería tan obviamente freudiana.
De camino a casa de su abuela, Caperucita Roja se vio abordada por un lobo que le preguntó qué llevaba en la cesta.
—Un saludable tentempié para mi abuela quien, sin duda alguna, es perfectamente capaz de cuidar de sí misma como persona adulta y madura que es —respondió.
—No sé si sabes, querida —dijo el lobo—, que es peligroso para una niña pequeña recorrer sola estos bosques.
Respondió Caperucita:
—Encuentro esa observación sexista y en extremo insultante, pero haré caso omiso de ella debido a tu tradicional condición de proscrito social y a la perspectiva existencial —en tu caso propia y globalmente válida— que la angustia que tal condición te produce te ha llevado a desarrollar. Y ahora, si me perdonas, debo continuar mi camino.
Caperucita Roja enfiló nuevamente el sendero. Pero el lobo, liberado por su condición de segregado social de esa esclava dependencia del pensamiento lineal tan propia de Occidente, conocía una ruta más rápida para llegar a casa de la abuela. Tras irrumpir bruscamente en ella, devoró a la anciana, adoptando con ello una línea de conducta completamente válida para cualquier carnívoro. A continuación, inmune a las rígidas nociones tradicionales de lo masculino y lo femenino, se puso el camisón de la abuela y se acurrucó en el lecho.
Caperucita Roja entró en la cabaña y dijo:
—Abuela, te he traído algunas chucherías bajas en calorías y en sodio en reconocimiento a tu papel de sabia y generosa matriarca.
—Acércate más, criatura, para que pueda verte -dijo suavemente el lobo desde el lecho.
—¡Oh! —repuso Caperucita—. Había olvidado que visualmente eres tan limitada como un topo. Pero, abuela, ¡qué ojos tan grandes tienes!
—Han visto mucho y han perdonado mucho, querida.
—Y, abuela, ¡qué nariz tan grande tienes!... relativamente hablando, claro está, y, a su modo, indudablemente atractiva.
—Han olido mucho y ha perdonado mucho, querida.
—Y… ¡abuela, qué dientes tan grandes tienes!
Respondió el lobo:
—Soy feliz de ser quien soy y lo que soy —y, saltando de la cama, aferró a Caperucita Roja con sus garras, dispuesto a devorarla.
Caperucita gritó; no como resultado de la aparente tendencia del lobo hacia el travestismo, sino por la deliberada invasión que había realizado de su espacio personal.
Sus gritos llegaron a oídos de un operario de la industria maderera (o técnicos en combustibles vegetales, como él mismo prefería considerarse) que pasaba por allí. Al entrar en la cabaña, advirtió el revuelo y trató de intervenir. Pero apenas había alzado su hacha cuando tanto el lobo como Caperucita Roja se detuvieron simultáneamente.
—¿Puede saberse con exactitud qué cree usted que está haciendo? —inquirió Caperucita.
El operario maderero parpadeó e intentó responder, pero las palabras no acudían a sus labios.
—¡Se cree acaso que puede irrumpir aquí como un Neandertalense cualquiera y delegar su capacidad de reflexión en el arma que lleva consigo! —prosiguió Caperucita—. ¡Sexista! ¡Racista! ¿Cómo se atreve a dar por hecho que las mujeres y los lobos no son capaces de resolver sus propias diferencias sin la ayuda de un hombre?
Al oír el apasionado discurso de Caperucita, la abuela saltó de la panza del lobo, arrebató el hacha al operario maderero y le cortó la cabeza. Concluida la odisea, Caperucita, la abuela y el lobo creyeron experimentar cierta afinidad en sus objetivos, decidieron instaurar una forma alternativa de comunidad basada en la cooperación y el respeto mutuos y, juntos, vivieron felices en los bosques para siempre.


John Legend, Who did that to you 


 

4 comentarios:

  1. Que buena entrada, me he divertido leyendo el cuento y creo que ese final le va muy bien a muchas cosas de la vida.

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    1. Concuerdo contigo, Ana: le encuentro muchas lecturas y no creo que se deba descuidar ninguna de ellas. Besos.

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